Buenas, roleros. Hoy toca hacer una pequeña pausa en nuestras crónicas habituales de tiradas de dados y hojas de personaje para hablar de un material distinto, pero igual de peligroso para la cartera y el espacio en las estanterías: el cartón.
Últimamente me he visto envuelto en una espiral que intenté evitar durante años. He caído, casi sin darme cuenta, en las garras de los TCG (Trading Card Games), y más concretamente en las de Wizards of the Coast. Parece que no tenían suficiente con suministrarme mi dosis de rol, sino que ahora también han decidido que mi tiempo libre pase por el filtro de los sobres y las tierras.
Si os soy sincero, el mundo de Magic: The Gathering era algo que había intentado ignorar de forma consciente. Sabía que era un pozo sin fondo, una de esas aficiones que, si te descuidas, te absorben por completo. Pero la «bola de nieve» empezó de la forma más inocente posible: un amigo me regaló un pack de commander de Magic hace unos días, encima de Fallout.
Lo que empezó como un «bueno, vamos a ver qué tal está esto ahora», se ha convertido en un regreso al juego después de más de diez años de haberlo tocado de forma muy superficial. Y claro, cuando ya tienes cierta edad y una mentalidad de coleccionista, la cosa se escala rápido.
Para entender mi perspectiva, hay que saber de dónde vengo. Mi experiencia con las cartas en los últimos años ha estado muy ligada a los LCG (Living Card Games): Marvel Champions, Arkham Horror LCG o El Señor de los Anillos LCG. Juegos cooperativos donde te enfrentas a un mazo que gestiona el propio escenario y donde el modelo de negocio es cerrado.
Esa es, quizás, la mayor diferencia que estoy notando. En los LCG, lo que más disfruto es el proceso intelectual: pensar un mazo, reunir las piezas, trazar una estrategia y lanzarla contra el juego para ver si funciona. Si falla, analizas los errores, retocas un par de cartas y vuelves a la carga. Ese ciclo de «diseño-prueba-error» es lo que me da la vida en este hobby.
Aquí es donde mi parte más racional choca frontalmente con Magic. En los juegos que mencionaba antes, el coste por carta es ínfimo. Si divides el precio de una expansión por el número de cartas que trae, hablamos de céntimos. En cambio, en Magic entramos en el terreno de lo absurdo.
Me cuesta digerir que haya cartas individuales que superen el euro de valor cuando, a nivel de producción, no dejan de ser el mismo trozo de cartón. Ver precios disparatados por una sola pieza de un puzle me parece, siendo honestos, una estafa. Es un hobby caro, de eso no hay duda, y pasar de un modelo de «pool de cartas completo y accesible» a uno de «suerte en los sobres o mercado secundario» requiere un cambio de chip importante.
A día de hoy, estoy quemando muchas horas en MTG Arena. Al final, el problema de un juego competitivo es que necesitas un rival y tiempo para desplazarte a jugar. Arena te da la inmediatez, aunque me falta ese tacto del cartón físico que tanto nos gusta a los que venimos del rol.
Incluso me he visto en casa controlando dos mazos a la vez, simulando partidas conmigo mismo para probar sinergias. Esto me ha hecho pensar en la posibilidad de diseñar o adaptar algún tipo de modo solitario. Me gustaría coger ideas de los «oráculos» o los sistemas de los LCG para poder enfrentarme a un mazo automatizado. Creo que hay un potencial ahí para los que disfrutamos del diseño de mazos pero no siempre tenemos a alguien sentado al otro lado de la mesa.
Y como todo buen coleccionista sabe, el mayor enemigo es el desorden. En mis otros juegos, las cajas originales suelen ser suficientes para mantenerlo todo a raya. Con Magic, he intentado empezar con un archivador, pero la experiencia no ha sido tan satisfactoria como esperaba. El volumen de cartas crece a un ritmo que exige una logística mejor pensada. Es un tema en el que necesito profundizar; buscar soluciones de almacenamiento que sean a la vez prácticas para jugar y estéticas para la estantería.
Pese a las críticas al modelo económico y los problemas de espacio, no puedo negar que me lo estoy pasando bien. Hay algo fascinante en descubrir las mecánicas de las cartas de una forma profunda, en ver cómo las sinergias encajan como un reloj suizo y en imaginar combinaciones locas con las cartas que voy consiguiendo.
Estoy ansioso por ver hasta dónde llega esta nueva rama de mi afición. De momento, seguiré explorando, retocando mis mazos y, sobre todo, intentando que la bola de nieve no me aplaste antes de tiempo.
¿Y vosotros? ¿Habéis caído también en el cartón o seguís fieles únicamente a los dados? Nos leemos en la próxima entrada.




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